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Tips para Emprender

Pesadilla en la calle del emprendimiento

Noches van, noches vienen, y los emprendedores no pueden vender lo que tienen. Se dan vuelta en la cama, no se detienen y las pesadillas solo invaden su mente. Tocan la puerta, tres golpes suenan, y cuando la puerta está abierta, notan que hay más emprendedores que se lamentan. ¡Ay, mis cuentas! Exclaman sin paciencia, mejor leamos a Oyster para incrementar nuestras ventas.

Halloween emprendedores
Oyster 29 de octubre, 2021

Todo emprendedor vive un escalofriante momento en su vida (bueno, tomar la decisión de ser emprendedor ya es escalofriante en sí, muajajajaja), y en este especial del Día de Muertos, Oyster te trae algunas (léase susurrando misteriosamente) “histooooooriaaaaas de terrrrrrrror al emprendeeeeeer” que a más de uno nos ha tocado vivir y que, si no lees esta entrada, ¡también te pueden pasar a ti! 😈

La noche del negocio cuyos números no cuadraban

Esta historia comienza con la inauguración del negocio de Vero, una artesana de tambores yembé, que buscaba llenar de percusión las reuniones de todos sus clientes, pero que poco a poco, por su forma de trabajar, comenzaría a tocar un ritmo disonante que impactaría la administración de su nuevo negocio.

Vero era muy creativa y trabajadora. Diseñar, armar, tejer y ensamblar cada tambor era su verdadera pasión. Su trabajo estaba cargado de arte y buena calidad. La pesadilla comenzó cuando notó que, para administrar su negocio, necesitaba más que su talento al armar tambores. Necesitaba planear estrategias, establecer un plan de negocio, llevar contabilidad diaria, comprar insumos, mejorar sus estantes de ventas y un sinfín de necesidades que comenzaron a agobiar su cabeza.

Rápidamente, la calidad de sus tambores ganaron buena reputación y la cantidad de pedidos comenzó a incrementarse. Vero se dejó llevar por la emoción y comenzó a dedicarle más tiempo a la creación de sus instrumentos y menos tiempo a la administración de su negocio.

Si necesitaba un insumo, lo compraba a veces con su tarjeta de crédito personal, otras con dinero de su caja chica, y en varias ocasiones con las ganancias de una venta anterior.

Un día, la alarma de movimiento de su negocio sonó. Un hombre misterioso entró y le hizo una extraña petición. Necesitaba una gran cantidad de tambores, de diferentes formas, tamaños y materiales. La entrega tenía que ser en muy poco tiempo. Nerviosa, ella dijo que sí podía producir esa inusual cantidad de instrumentos en el tiempo que él requería. El cliente sonrió y su diente plateado deslumbró a Vero, quien después de verlo salir, solo tragó saliva.
Ella sabía que necesitaba invertir en una gran cantidad de material e incluso en manos extra que la ayudaran a salir a tiempo, por lo que decidió ver con cuánto dinero disponía y así calcular si podía cubrir el gasto que se le avecinaba.

Nunca se imaginó que se encontraría con un escenario tan escalofriante. No sabía exactamente con cuánto dinero contaba. Al hacer cuentas, ningún número cuadraba. Había recibos de compras personales, compras con su tarjeta con cosas para el negocio y cosas para su casa, el dinero en caja chica no cuadraba, no sabía cuánta ganancia había tenido de sus ventas pasadas… En fin, un caos.

Desesperada, intentó comprar con su tarjeta de crédito personal el material pero su línea de crédito no era tan amplia, por lo que no tuvo la liquidez suficiente para hacer la compra. Después, invirtió todo un día tratando de obtener un crédito para negocio, pero ni siquiera podía cubrir el primer requisito básico que era demostrar su capacidad crediticia con base en la administración de su negocio.

Sin tener más herramientas a la mano, Vero tuvo que llamarle por teléfono a su cliente para decirle que no era capaz de producir su pedido. Éste se puso muy triste y le dijo que había invertido en vano toda su energía para materializarse y que, por su culpa, este año todos los espíritus del panteón se quedarían sin fiesta de Día de Muertos. Aún así, el espíritu le daría una segunda oportunidad el año que entra, así que le dijo que mejor empezara a conciliar facturas para no seguir teniendo este problema actual o vendría a jalarle los pies. Después, colgó.

Vero no supo qué decir, se quedó estática con el teléfono en mano por varias horas. Pero a la mañana siguiente, se puso a investigar sobre el consejo que el espíritu le había sugerido y planeó de inmediato cómo estar lista para producir todo su pedido al siguiente año, justo cuando los espíritus cobran vida.

Alguien: El octavo pagadero ( con tarjeta )

En marzo del año pasado, a Iván se le vino el mundo encima. La pandemia no solo lo mandó a encerrarse en lo más recóndito de su cabaña, sino que lo forzó a cerrar su restaurante de creaciones exóticas moleculares al borde de la carretera 52 con destino a “Terminalandia”.

Pensó que sería cuestión de un par de semanas el poder regresar a crear sus exquisitos manjares peculiares, pero no fue así. Las hojas del calendario comenzaron a caerse una por una y, con el paso del tiempo, su paciencia (y sus recursos) comenzaron a exigirle que ejecutara acciones desesperadas que lo mantuvieran activo y creando.

Sabía lo que tenía que hacer: crear un nuevo menú, uno que no requiriera de sus sofisticadas herramientas que yacían tranquilas en su restaurante. Así que puso manos a la obra y experimentó con los ingredientes que tenía a la mano, creando platillos como: aire de piel de dragón sobre el lomo de sanguijuela, gel de ojos de bruja, esferificaciones de vampiro al ajillo, deconstrucción de sopa de Cthulhu, helado de huevito de sardina con cardamomo, entre otros.

Pero, una vez terminadas sus creaciones, se hizo la pregunta del millón: “y ahora, ¿qué hago con ellas?”. Ya no había comensales regulares que pudieran probarlas; vivía en las profundidades del bosque prohibido y las almas más cercanas se encontraban a kilómetros de distancia. Se preguntó si todo su trabajo no había valido la pena. Salió a quejarse y a sufrir recargado en el árbol seco de su jardín y ahí fue cuando encontró su solución.

Iván vio a los búhos que alimentaba con el desecho de sus creaciones día con día. Todos esperándolo encima de las ramas. Entonces, decidió invitarlas a que se ganaran el pan de cada día. Diseñó con entusiasmo un nuevo menú, lo amarró a las patas de cada búho y los mandó volando al pueblo más cercano para que, a través de ellos, la gente pudiera pedir sus nuevos platillos. Ahora, solo era cuestión de esperar.

Los búhos regresaron antes de lo que esperaba, todos con órdenes repletas de varios platillos. Los ojos de Iván se llenaron de emoción y regocijo. Se puso a cocinar como nunca antes lo había hecho, se esmeró en que el sabor de cada platillo fuera inolvidable y armó cada pedido de forma tan espantosa que sabía que a sus comensales les iba a encantar. Y ahí iban los búhos, cargando cada pedido como podían con tal de ganarse su cena de ese día.

Ansioso, esperaba el regreso de sus mascotas para saber cómo les había ido. A lo lejos, ya se veía la primera que se acercaba con entusiasmo. Tras ella, otras siete más ya venían hambrientas y seguras de haber cumplido con su trabajo; pero, al llegar a él, sucedió algo que no había esperado. El primer búho traía una nota de felicitación por la deliciosa comida y una tarjeta de crédito. “¿Una tarjeta?”, se preguntó Iván.

Al llegar cada búho, sucedió lo mismo. Abrió nota tras nota hasta llegar a la octava y todas traían una tarjeta consigo. Fue ahí donde se dio cuenta de su error: había encontrado una forma de entregar la comida pero no de cobrar por ella. ¿Qué iba a hacer con todas esas tarjetas? No tenía ninguna manera de cobrar por la comida así. Incluso los búhos, al ver que tenían que regresar a cada casa a dejar las tarjetas, se pusieron a llorar.

Pero, justo cuando todo se creía perdido y que las comidas serían regaladas, el octavo búho vio una notificación que le llegó al monstercelular de Iván y lo comenzó a picotear para que él se diera cuenta. El mensaje hablaba sobre cobros a distancia a través de links de pago. Iván de inmediato lo leyó y encontró en ese mensaje inesperado la forma más rápida y sencilla de solucionar su problema de cobros.

Los búhos no se entusiasmaron tanto al haber regresado al pueblo para entregar las tarjetas y en su lugar pedir los correos electrónicos y números telefónicos de los comensales para hacer el cobro a distancia pero, al menos, esa noche tuvieron doble ración de comida e Iván no volvió a preocuparse de nada más que seguir creando las deliciosas monstruosidades de su menú.

Querida: encogí el negocio

Yessica es amante del surf y su pasión la llevó a abrir un pequeño negocio a la orilla del mar. Su oferta de valor consistía en rentar tablas de surf fluorescentes para disfrutar esta experiencia en medio de la noche. Sabía que surfear bajo la luz de la luna y con varios murciélagos alrededor de una tabla brillante era algo que nadie más en el mundo ofrecía.

La oferta era atractiva y la voz corrió rápidamente entre los amantes del surf, así que los fanáticos se empezaron a juntar en su playa y las filas para rentar sus tablas eran cada vez mayores. Al principio, Yessica no podía creerlo. Su idea de negocio era rentable y ya pintaba para ser un buen emprendimiento, pero en cuanto la demanda comenzó a crecer, sus alcances también debían hacerlo.

La realidad es que sabía que sonaba muy fácil el hacer crecer su negocio, pero lo que hacía brillar las tablas de surf por la noche era una mezcla de baba de caracol y polvos de hada que no eran tan fáciles de conseguir, sin mencionar que el costo era algo elevado. Realmente no sabía cómo conseguir los ingresos que necesitaba y tenía mucho miedo de echarse una deuda encima.

La renta de tablas hasta ese momento cubría perfectamente sus necesidades: podía pagar la renta de su local, sus servicios básicos y el mantenimiento de las tablas para mantenerlas en buen estado, pero adquirir nuevas tablas y conseguir la materia prima para hacerlas brillar ya estaba fuera de su alcance. “Lo mejor es quedarme como estoy” – pensó Yessica.

Una noche, llegaron nuevas criaturas y abarrotaron la playa. Yessica rentó todas sus tablas en minutos pero eso significó que muchos se quedaron sin poder vivir la tan codiciada experiencia nocturna. Lo peor es que no era la primera vez que sucedía. La polilla-lobo había viajado desde Transilvania para poder surfear sin depredadores a la vista y hasta el momento no había tenido suerte de rentar una tabla. Cansada de esa situación, decidió quedarse y abrir su propia tienda.

Al poco tiempo, la polilla-lobo ya contaba con una tienda del mismo tamaño que la de Yessica. Se acercó a ella para preguntarle cómo hacía brillar sus tablas pero Yessica se puso muy a la defensiva y no quiso compartir su secreto. La polilla-lobo intentó varias veces aliarse con Yessica, pero ella fue hermética como nadie, así que empezó a rentar simples tablas de surf sin ningún brillo especial.

A pesar de ello, la falta de tablas en el local de Yessica hizo que una gran cantidad de criaturas fueran a rentar las suyas. Esto animó muchísimo a la polilla-lobo y un día, cuando se rentaron también todas las tablas simples que tenía, brincó de la emoción y de sus alas cayó un polvo muy resistente que no solo hizo brillar sus tablas de surf, sino que les añadió una propulsión para romper las olas a mayor velocidad.

El descubrimiento fue sorprendente y ahora todas las criaturas querían tener una de las tablas de la polilla-lobo, quien inmediatamente supo que era momento de expandir su negocio al adquirir mayor espacio y más tablas. En Transilvania había oído hablar de préstamos a negocios, y fue entonces cuando se preguntó: “¿cómo puedo usar un crédito de forma eficaz?”.
Entonces, dedicó su tiempo libre de día para investigar y documentarse del tema mientras Yessica dormía. Al poco tiempo, logró encontrar la mejor opción de crédito y con él logró poco a poco expandir su negocio y agregar más tablas de surf a su catálogo de renta.

Yessica miró cómo el negocio de la polilla-lobo crecía y crecía y el de ella parecía encogerse cada vez más, no solo en tamaño sino también en clientes. Cada vez había menos criaturas que quisieran rentar sus tablas.

Llegó el punto en el que Yessica, arrepentida, se acercó a preguntarle a la polilla-lobo cómo lo había logrado. Por un momento, ésta pensó en no revelarle su secreto como Yessica lo había hecho con ella en el pasado pero, al final, también sabía que la sana competencia era necesaria y que su valor agregado jamás se lo podría quitar. Así que, a partir de ese día, Yessica supo que podía acceder a créditos para su negocio; lo que nunca supo es que la polilla-lobo consultaba el blog de Oyster para saber cómo hacer que un crédito se convierta en una deuda buena y nunca meterse en un problema financiero para su negocio.

Así como los protagonistas de estas historias, ¿tú también has vivido pesadillas al emprender? Si es así, compártelas en nuestras redes sociales y ayuda a otros emprendedores a no vivir los mismos errores, o si no, ¡el Coco vendrá por ti! Hasta el próximo Día de Muertos, muajajaja 😈.

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